Soy Gabriel



Vine al mundo en una mañana soleada de primavera. Me crié en el humilde ambiente de una casa humilde situada en el humilde barrio madrileño de Carabanchel. Soy del Atleti, nací en mayo del 68 y soy el más más pequeño de una familia muy, muy numerosa y súper, súper tradicional, infinitamente religiosa. Quiero contarte que estoy convencido de la influencia de estas cuatro circunstancias en el tejido con el que se ha confeccionado mi existencia.

Soy Gabriel



Vine al mundo en una mañana soleada de primavera. Me crié en el humilde ambiente de una casa humilde situada en el humilde barrio madrileño de Carabanchel. Soy del Atleti, nací en mayo del 68 y soy el más más pequeño de una familia muy, muy numerosa y súper, súper tradicional, infinitamente religiosa. Quiero contarte que estoy convencido de la influencia de estas cuatro circunstancias en el tejido con el que se ha confeccionado mi existencia.

Primero la familia, ese lugar donde refugiarse cuando las tribulaciones pueden con la voluntad de la persona, ha sido siempre un continuo de sinsabores para mí. La carga de la presión constante por discernir entre el bien y el mal —no importa quién eres, únicamente importa cómo sigues las normas—, el afán por cumplir al pie de la letra con un guion ya escrito —colegio, universidad, novia, trabajo, casa, boda e hijos—, el juicio permanente que pende sobre las cabezas de sus miembros, como una espada de Damocles, en cada paso que da. Este es el caldo de cultivo gracias al cual y como contraste, he desarrollado una mentalidad crítica, que pone en entredicho, de entrada, cualquiera de los axiomas de todo ese «orden establecido».

Ser el pequeño en un ecosistema tan grande, confecciona otro rasgo importante de mi realidad. Crecí bajo el estigma de la diferencia con el resto de mi entorno gracias a aquella maldita enfermedad congénita. Mi vida ha estado siempre rodeada de cuidados y vigilancias. Todo esto me ha aportado cierta sensibilidad hacia los que sufren o se sienten inferiores y me ha aportado una búsqueda casi obsesiva por la perfección. Soy capaz de percibir en mi interior la necesidad de opinar, de hablar, de escuchar y sobre todo de escribir, para intentar aportar un granito que mejore la vida de las personas.

Durante el mes de mayo de 1968 el mundo entero asistió a las revueltas que se sucedieron en París y que fueron iniciadas por grupos estudiantiles izquierdistas contrarios a la sociedad de consumo. Posteriormente se unieron grupos de obreros, sindicatos y el Partido Comunista francés. Fue la mayor revuelta y huelga general de la historia de Francia y fue secundada por más de nueve millones de trabajadores. Mi lado más irracional me dice que en aquellos primeros días y semanas de mi existencia intercalé el dulce regalo del pecho de materno con el agua del manantial de la protesta, de la crítica y del inconformismo. Con la lejana gratitud a los que algún día fueron jóvenes estudiantes parisinos, observo mi mutación hacia la tardía distancia con las posiciones de los actuales poderes de la sociedad.

El fútbol. Mi padre hizo de sus siete hijos y sus miles de nietos, unos fieles y orgullosos seguidores del Glorioso. Y, aunque suene extraño e incluso infantil, estoy plenamente convencido de que las dificultades del partido a partido, han forjado y aún forjan parte de mi carácter luchador. Me mueven la rebeldía contra los poderosos —en el futbol como en la vida siento y sufro la injusticia de la corrupción—, la enorme satisfacción por los logros cuando vienen de la mano del esfuerzo —rechazo la vida fácil y la cultura del pelotazo— y el trabajo en equipo, como el mejor modo de acercarse a resultados inalcanzables. Estos son aspectos positivos heredados del deporte, que se ven reflejados, quiera o no, en el trasfondo de cada uno de los párrafos de mis escritos.

Por último, y quizás lo más relevante, la humildad que abrazó los primeros pasos de mi infancia y adolescencia. Trato de no perder de vista mis orígenes. Esas raíces que, dentro del moderado éxito alcanzado, me colocan siempre en el mismo lugar de partida: el valor de cada hito superado, cada bien conseguido y cada palo recibido. Si todo esto me ha llevado, a estas alturas de mi vida, a conocer y reconocer el placer de plasmar en un papel mis sentimientos, mis anhelos y mis reflexiones, lo doy por muy bien empleado.

Lo demás son, con perdón, anécdotas de mi existencia: la boda con mi novia de siempre y el amor, los amigos y la lealtad, los hijos y el amor infinito, la ruptura y el desamor y finalmente, el amor sin condicionantes, siempre el amor. No pretendo descubrir su poder; simplemente contarte que ha sido el sentimiento que guiados todos y cada uno de los pasos de todos y cada uno de mis días y que ahora me da la visión sensible y apasionada de la vida. Y, por último, mis aficiones —me he quedado sin folios suficientes para enumerarlas— que me aportan la visión lúdica, divertida y sin dobleces que endulzan el arduo trabajo de mi pluma y los teclados.

Una vez alcanzada la azul celeste madurez, tengo la vista puesta en el horizonte del eterno tiempo libre que dedicar a mis cinco pasiones. Y, como el macho que detecta en la distancia a la contraria en celo, siento un impulso irrefrenable por expresar mis opiniones y mis puntos de vista contando historias, describiendo situaciones y creando personajes con los que intentar que también tú también te veas reflejado.

Quiero remover las mentes y las almas de mi entorno. Quiero utilizar las palabras como palanca con la que, entre todos, intentemos mover el mundo… ¿te apetece?

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