

—¡¡¡¡Hola mamáááááá ¡¡¡¡—saludó sonriente con el cuerpo encorvado levemente, en el momento que se abrió la puerta—, ¿cómo estás? —Hijo, ¡¡cuánto te he echado de menos!! —fue la emocionada respuesta de Jasmine, mientras se fundían en un abrazo tan fuerte como infinito. —Buenas tardes, Denis —incómodo con su situación dentro de la escena, devolvió un saludo que nunca había recibido—. Soy Gabin, encantado de conocerte. —Buenas tardes. —¿Cómo estás, hijo? ¿qué tal el viaje? ¿estás cansado? —Perdonadme, pero ¿quién eres tú? —fue toda la respuesta de Denis, con el ceño fruncido y los ojos rojos y abiertos. —Es mi amigo Gabin, creo que te he hablado de él —respondió Jasmin titubeando, tras un cruce de miradas con Gabin y un incómodo silencio—. ¿Qué tal estás? Cuéntanos. —Estoy bien, mamá. ¿Qué tal por aquí? Esperaba que hubieras ido al aeropuerto. ¿Papá? —Hijo, lo siento. Ya te avisé. Sabes que tuve que vender el coche y un taxi es… no puedo. Pareces cansado, ¿a qué hora llegaste? ¿Quieres tomar algo? —No, gracias. ¿Te dieron el trabajo? —Sí. Es… bueno, un poco caca, pero por ahora está bien. Estoy a prueba y a tiempo parcial, pero el trabajo me gusta. Tengo que revisar facturas, albaranes y pedidos. —Me alegro mucho. A ver si pudieras mantenerlo. ¿Estás bien, mamá? —Sí, hijo. Yo estoy bien, mucho mejor. Bueno, cuéntanos, ¿cómo te ha ido el curso?, ¿has dormido algo en el viaje? —Eso, ¿qué tal? —apostilló Gabin, intentando participar, en el momento que entendía que Denis relajaba un poco la efusiva entrada inicial. —Muy bien —contestó el joven, después de dedicar una leve mirada de soslayo al desconocido y al mismo tiempo que arqueaba sus cejas y dedicaba toda su atención, su charla y su mirada a Jasmin—. Los primeros meses fueron duros; no entendía bien lo que explicaban en clase, los compañeros cuchicheaban entre ellos mientras me miraban sonriendo, la familia no me entendía… mal, en resumen. Pero luego todo mejoró y la verdad es que he estado muy bien el resto del año. —Entrelazó sus manos estirando los brazos hacia delante y mostrando sus palmas—. Lo mejor de todo era cuando teníamos prácticas de tecnología en clase; he aprendido a hacer circuitos para fabricar radios caseras, balanzas mecánicas y muchas cosas más. Muy bien, la verdad. —Qué bien te veo, hijo. Me haces feliz. —¿Me explicarás lo que pasó con papá y cuándo fue exactamente? —inquirió a su madre con un tono bajo pero un poco agresivo. —Denis, fue todo muy duro y muy triste, pero fue necesario, créeme. —¿Podría dejar mis maletas en algún sitio? Vengo de un viaje de catorce horas y nadie vino al aeropuerto a recogerme. En Biard había muchísima gente para coger el metro. Estoy muy cansado. —Claro, hijo. Deja que te enseñe la casa nueva y la que será tu habitación estos dos meses. Este es el salón —le indicó mientras recorrían el largo pasillo que atravesaba el modesto pisito de lado a lado—, la cocina, mi habitación y la de invitados. ¿Te gusta? La he preparado para ti. —Perfecto, mamá, gracias. Seré un buen invitado —contestó utilizando todo el sarcasmo que fue capaz y levantando el tono, lo justo para que el sonido pudiera llegar claro al salón. —¡Hijo, por favor¡ Mira, aquí tienes todo lo necesario para tu aseo y mantas por si hace frio. —¿Sabes algo de papá? —Está bien, sabes que perdió su trabajo, pero no le falta de nada y se está recuperando. —¿De qué se tiene que recuperar? —levantó el tono de voz de nuevo, y de inmediato se escuchó el ruido de arrastre de la silla cuando Gabin se levantó como un resorte en el salón. —Nada, hijo. Ya sabes que lo está pasando fatal con el divorcio. —Me voy a duchar. No sé por qué ha tenido que pasar todo esto. —Perfecto hijo, luego saldremos a tomar algo, si quieres. —Ah, pero todavía estás aquí —dijo Denis a Gabin, al volver de la larga ducha. —que a Jasmin le pareció infinita—, en tono entre burlón y amenazante, mientras se sentaba en el viejo sofá. —Eso: siéntate aquí, con nosotros. Cuéntanos, Denis —tomó la palabra Jasmine sin dejar libertad a la respuesta del tercero—, ¿qué tal el curso? —Bastante bien, he sacado todo con una nota media de ocho coma cuatro. Los profesores están muy contentos conmigo. —¿En qué asignaturas has ido mejor? —Es que el método educativo en Canadá es muy diferente y mucho más dirigido a la especialidad que elijas, así que me ha resultado mucho más fácil que aquí, en Francia. El año que viene será más duro, según me han comentado todos. Pero, vamos, que tampoco me has preguntado mucho los doce meses que he estado allí. ¿Por qué no te has conectado al Skype casi nunca, mamá? —Todo ha sido durísimo, hijo. El proceso ha durado mucho y nos hemos dejado media vida en el juzgado. Cada noche volvía a casa derrotada y sin fuerzas de buscar un cibercafé para conectarme. Por eso te enviaba whatsapps desde la oficina y esperaba tus respuestas. Lo siento mucho, hijo, si hubiera podid… —Denis, tu madre lo ha pasado fatal, y aún sigue recuperándose —interrumpió Gabin, con toda la cautela y mesura con la que pudo dirigirse al recién llegado—, solo te pido que no se lo pongas más difícil, por favor. —No sé nada, no entiendo nada. Quizás podrías haberme explicado, mamá. Llevo meses intentando saber, intentando entender algo que nadie me quiere explicar —contestó… a su madre. —Creo que no es el momento, de verdad os lo pido —intervino Jasmin de nuevo, intentando llevar la conversación hacia algún lugar más placentero, con una sonrisa en la boca tan grande como forzada—. Insisto, ¿qué tal los compañeros?, ¿tienes amigos? —Bueno, la verdad es que me costó bastante, también por el idioma, pero sí, tengo dos buenos amigos, aunque no los veo mucho fuera de clase. Con el resto no tengo mucho trato, la verdad, pero Sam y Wu molan bastante, me río mucho con ellos. —El tono se había vuelto bastante más calmado y hasta conciliador. —Y con los Smith, ¿qué tal? —Muy bien. Ellos me tratan bien, son muy buenos conmigo, aunque solamente los veo los fines de semana. —¿Y eso? —Lo cierto es que cuando estoy en la casa, casi siempre me meto en la habitación con el ordenador. Ahí me siento muy a gusto. Los sábados a veces hacemos planes de salida a comer y eso. —Que pena, ¿no? ¿Has conocido alguna chica? —Bueno. Está bien así. Me llevo muy bien con ellos y si intentara tener más contacto… ¡quién sabe! ¿Dónde está papá? ¿Cuándo podré verlo? —Es complicado, hijo. Él no está tan cerca, hay que ir en coche para eso. Ya veremos más adelante, ¿vale? —No lo entiendo, mamá. ¿Dónde está? ¿Qué pasó? Siempre le estabas echando la culpa de todo y tú también le gritabas a veces. ¡Dímelo! Dijiste que él tampoco te trató nada bien, pero yo nunca vi… —Su voz empezó a entrecortarse, al mismo tiempo que inclinaba su cabeza hacia adelante hasta casi tocar con las rodillas—. ¡Me da pena, joder! —Tranquilo, Denis. Todo irá bien, hijo mío. —Quiero verlo. Necesito que me diga qué pasó. Necesito saber por qué no estáis juntos. Siempre habéis reñido, pero estabais bien y ahora esto. No puedo creer lo que me dijo la tía sobre las borracheras de papá. No puedo creer nada. Necesito mirarle a la cara y que me lo cuente él. —Su voz se aceleraba por momentos, casi al mismo ritmo que sus pulsaciones. —No es posible aún, Denis —respondió Jasmin, mientras su mano derecha inició un leve temblequeo. —Me iré unos días a casa de los primos, a la playa. No quiero estar aquí, en esta casa, tanto tiempo. —¿No te gusta la casa que hemos alquilado? Es pequeña pero es súper acogedora, ¿no? —¿Hemos? ¿Cómo que hemos? ¿Quienes hemos? —Su cabeza se levantó de nuevo como un resorte. —Gabin y yo, hijo. Estamos viviendo juntos desde que nos mudamos aquí, hace tres meses. —¿Por qué no me lo has dicho? ¿Te parece bien? —El tono de voz subía por momentos. —Lo siento, Denis. Yo… —Denis, tu madre tiene derecho a sentir y a volver a ser ella misma. Deberías respetar sus decisiones y su forma de vivir —dijo Gabin, intentando usar el tono más suave que encontró. —Lo siento, pero tú no puedes decirme nada. Tú acabas de llegar y esta es, era, mi familia —ahora sí se había dirigido directa y secamente al incipiente novio de su madre—. Mamá, ¿dónde está papá? —Hijo, por favor. —¿Por favor? ¿por favor, qué? No entiendo nada. ¡Que dónde está! —Los gritos se hacían casi insoportables. —Hijo, ten paciencia. Ya habrá tiempo para verlo, pero ahora… —Vaya mierda, mamá. ¿Para esto vengo? —¡Denis, hijo! —Jasmin empezó a sollozar mientras él miraba a otro lado, quizás por la ventana. —Solo habéis pensado en vosotros, mama. Sois un par de egoístas, parece que habéis aprovechado mi estancia en Canadá para liarla. ¿Tan grave era la situación? No sé si podré continuar aquí sin hablar con papá. Se produjo un silencio ensordecedor; la tensión se podía palpar. Jasmin, sorbiendo la nariz, donde se mezclaba su propia humedad con las lágrimas que bajaban sin control por sus mejillas, tomó cansinamente el camino de la habitación, mientras sacaba su teléfono móvil del bolsillo y tecleaba en la pantalla táctil. Había vivido momentos duros, durísimos en los últimos tiempos, pero este era sin duda el peor de todos. Se llevó el móvil a la oreja pero, antes de que llegara a su destino, lo volvió a bajar. Se tomó cuatro segundos para pensar. Repentinamente su rostro cambió y reflejaba, suspiro a suspiro, una persona resuelta y decidida. Comenzó a teclear con los dos dedos pulgares mientras sujetaba el aparato con ambas manos. Parecía buscar algo de forma nerviosa y acelerada. El proceso duró no más de seis minutos pero a Gabin, que en el salón formaba un trio con Denis y el silencio, le parecieron horas. —Tu Uber está a punto de llegar, de hecho, está justo por la Rue Boubeau —sentenció Jasmin, volviendo de la habitación, con un tono muy calmado y pausado, pero tremendamente seguro y contundente—. Tardará tres minutos en llegar y en veintisiete más habrás llegado a tu destino, donde, si te das prisa, podrás ver a tu padre. Te acabo de pasar el itinerario a tu móvil. No te preocupes por el pago, que se cargará a mi cuenta. —¡Nooooo! —se ecuchó el lamento de Gabin, que entendió de forma inmediata la situación. —Adiós. Te llamaré, mamá —dijo Denis, saliendo por la puerta con una cierta energía renovada, mientras se terminaba de ajustar el cinturón. No llamó al ascensor, no quiso perder ni un segundo. «Por fin. ¡Tengo tantas ganas de verlo, que me cuente qué pasó y conocer su versión!», pensaba mientras bajaba las escaleras de tres en tres, volando en los rellanos de cada uno de los cuatro pisos, hasta ganar la calle. El chófer que le habría de llevar al feliz reencuentro le esperaba en la misma puerta, de pie y con una pequeña botella de agua con gas en la mano. Al tiempo que se introdujo en el gran Audi azul oscuro, muy limpio y con un sutil aroma a lavanda, le hizo un gesto con la mano al joven musulmán que inició la marcha de inmediato. Mientras le preguntaba qué tipo de música prefería escuchar durante el trayecto, Denis buscaba la aplicación Uber en su móvil, para consultar el destino y así salir de dudas sobre el lugar donde le esperaba papá. Su mente era una lavadora en pleno proceso de centrifugado, a seis mil vueltas. Se abrió la aplicación y el rostro de Bashir –así se llamaba el conductor— ocupó la pantalla completa; unos segundos más tarde, apareció el mapa de la ciudad y la ubicación actual del automóvil. Su mente se quedó en blanco, el corazón le dio un vuelco, casi se podría decir que textualmente. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas de forma incontrolada mientras un imparable hipo se hacía dueño de su voz y casi de su voluntad. El destino: la prisión de Vivonne, a exactamente veintidós kilómetros y veinticinco minutos del sur de Poitiers, donde se encontraba en ese momento. —Por favor, pare el coche. Volvemos.
2 Comments
Tengo un amigo -Mikel (ingeniero)- que parece alumno tuyo, por la naturalidad, el realismo y la actualidad de sus breves relatos.
Éste tuyo es más ‘profesioal’, pero su final es tan sorprendente como los suyos… y tan ‘sensato’.
Gracias Alfondo por tus comentarios. Espero verte pronto por aquí.