

Capítulo 2. El atril.
Estadio Vicente Calderón. Siete de la tarde de una cálida tarde de mayo. La suave brisa auguraba un buen resultado; tendríamos éxito, seguro. El Calderón fue durante muchos años de mi vida una segunda casa para mí. Allí viví, junto con los míos, algunos de los pasajes más emocionantes de mis dos vidas. Fueron sinsabores que quedarán en la retina de mi memoria por siempre, sentimientos que forman parte del ramillete de los que no cambiaron con mi transición vital.
Me remonto a aquellos tiempos de mi juventud, con apenas diecinueve años y cuatro días, cuando la vida pasaba por mí. Recuerdo el momento porque aquel fue el primer gran concierto al que asistía; en aquella ocasión cambiaba el balón por los decibelios. Genesis. Convencí a mi hermano Raúl para que aprovechara la segunda entrada que yo tenía en mi poder y que aún no tenía dueño. Aceptó a duras penas mi invitación —más tarde, una vez finalizado el recital, me agradeció el gesto—. El malogrado Paul Young hizo las veces de telonero de lujo. Después, en el momento en que aparecieron los miembros del grupo principal y casi sin avisar a Raúl, me filtré entre los asistentes para conseguir un buen lugar desde donde saborear el evento, apenas unas filas por delante del escenario. Y allí Asistí maravillado a la presentación de una gran banda de Rock ante ciento veinte mil oídos dispuestos a escuchar y a vibrar con cada nota. La presencia de los cinco músicos inundó el mayúsculo escenario. Disfruté, allí solo, de más de dos horas de una función que cambió mi percepción de la música; sobre todo de la música en vivo. Además de pasar por muchos de los temas de su reciente disco y de los éxitos recolectados durante las dos décadas previas, hicieron algunos guiños a varios clásicos de los sesenta, como Everybody needs somebody, Twist and shout y otros. Pero fue Phil Collins, con su no muy poblada melena al viento de la noche ribereña y el semen de su eterna destreza con las baquetas en las manos frente a la caja, los timbales y los platos, quien engendró en mí el embrión de la música y la percusión. Junto con el moreno Thompson, tocaron un solo de dos baterías que me hizo flotar. La improvisación, su maestría para dosificar la carga, para imaginar sonidos sin notas musicales y traducirlos en melodías, su sentido del ritmo… «Tocaré la batería, seguro», me dije.
Boda, casa, hijos, trabajo, divorcio… no te voy a cansar mucho, no temas.
Recién estrenada mi segunda vida, durante un café y conversación con Javier, lo vi claramente: retomaría mi nonata afición y fundaría mi propia banda.
Busqué un buen profesor de batería con el que, aunque alguna clase había recibido años atrás, debía empezar de cero. Y di con Javi, otro Javi más en mi vida, un gran tipo, otra gran persona. Siempre me insistió en sentir la música, bailar sobre el taburete para llevar el ritmo y cantar mientras tocaba, amén de enseñarme las diferentes técnicas necesarias, por supuesto. Avancé mucho.
A la voz: Otein.
A la guitarra rítmica: El novato y sentado Casaña.
A la guitarra solista: El gran Miramón.
Al teclado: Javier. El Javier original, el del café. El de las confidencias. El gran AMIGO.
Al bajo: Nadie por el momento. Más adelante y gracias a dios, Ferdinand se nos unió a la banda.
A la percusión: Guillermo 2.0.
Compré una batería electrónica. La más básica. Fue mi gran compañera durante años; la mejoré, la tuneé, la amé y creo que aún hoy la añoro. Aprendí mucho y me permitió practicar en el salón de los varios pisos en los que viví de alquiler los primeros años de mi segunda vida. La percusión, junto con los amigos y la sobrevenida afición por los dardos —ya hablaremos—, fueron mis aliados en la superación de la transición entre vidas.
Veía videos, leía partituras, escuchaba las canciones de la radio con los ojos puestos en bajo y en la percusión. El oído iba por su lado.
—Quedamos dentro de dos sábados a las once, pues, ¿os va bien a todos? He
reservado ya la sala en Vicálvaro. Ensayaremos Let
it be, si os parece. —Mi propuesta para la quedada
de un primer ensayo fue aceptada por todo ellos.
En el Honky, nuestra segunda casa durante años,
donde los «puertas» nos daban paso prioritario aun cuando las colas para entrar
llegaban a la calle Santa Engracia, había concierto en directo los trescientos
sesenta y cinco días del año. Conocí grupos de todo tipo y todos ellos tenían
aquella impronta de músicos y de artistas. Yo quería llegar a eso. Tomaba un
lugar cercano, siempre con vistas a los tambores, me empapaba de todos los
golpes de baqueta, vibraba con cada fill y disfrutaba
con todos ellos.
Me hice con un programa de ordenador que me permitía tocar con mi batería «encima» de canciones famosas silenciando su percusión original, de forma que los sonidos que yo generaba formaban parte de la interpretación junto con el resto de los instrumentos originales. Let it be, una de las incontables joyas de la historia de los Beatles, no podía ser más fácil de interpretar, al menos en la batería. «Uno, dos, tres… doce, trece… ahora me toca entrar con un golpe de charles en el pulso tres de cada compás», me decía una y otra vez. Sí, es cierto: había de contar compases para saber cuándo era mi turno de entrar… ¡qué horror!
Aún con todo, me sentía genial porque ya era de la selecta comunidad que
podía cantar el estribillo del Ritmo del garaje, de Loquillo.
Y llegó el memorable sábado. Recuerdo perfectamente la estampa. Me retrasé unos minutos y, al acercarme, vi a Casaña con una mano apoyada en un árbol de la acera y las piernas cruzadas en la puerta del garito de ensayos; su aire era una mezcla de impaciencia y expectación. A su lado estaban los demás, de espaldas, sentados en un banco de lamas de madera oscura. Nos hicimos una foto antes de entrar y, sin más, nos dimos a la música.
—Hola que tal, ¿Quiénes sois?— La ruda voz de la recepcionista tatuada nos dio la bienvenida. Su forzada y torcida sonrisa delataba cierto cansancio y algo de hastío. Quizás el ruido de tantos aficionados a la música, unido a la cercanía de su día y medio de permiso no le permitieron mejor bienvenida para nosotros.
—So… Soy Guillermo, el grupo no tiene nombre aún. —No me atreví a decírselo—. He reservado una sala dos horas —dije de forma entrecortada, casi balbuceando.
—Ah sí guay, perfecto. Yo soy Charo, cualquier cosa que necesitéis…
—Gracias.
—Y ¿qué música hacéis? ¿temas propios? —Se trataba de preguntas rutinarias de cortesía, sin lugar a dudas.
—Ejem… hacemos versiones de rock and roll de los 70 y 80 —se aventuró Otein, después de una mirada que buscaba el refuerzo del resto del equipo y con la que solamente consiguió alguna cómplice mueca.
—¡Qué bueno, ya era hora de tener más grupos de tipos duros en el local! Y… ¿tú eres el batería? —preguntó mientras arqueaba sus cejas y levantaba levemente la cabeza dirigiendo su mirada y su intención hacia mí. Estuve a punto de darme la vuelta buscando el receptor de la cuestión.
—Claro, ¿no ves? —Mi sonrisa y mi gesto levantando levemente la bolsa donde llevaba mis baquetas, el metrónomo y mis anotaciones me hicieron sobreponerme al primer momento. ¡Yo era el batería de aquella banda legendaria!
—Me encantan los baterías de Rock, con esa seguridad, dando hostias a la caja como nadie.
Tragué saliva, como creo que mis compañeros hicieron, mientras pensaba «si tú supieras». Aun así, creo que aquellos comentarios nos hicieron tomar conciencia de que, buenos o muy malos, éramos una banda de rock y como tal debíamos comportarnos.
Aquel primer ensayo, además de un hito en nuestras vidas y el primer eslabón de una cadena que nos llevó a prosperar e incluso a tocar en directo en numerosas ocasiones durante años, fue un completo desastre. Creo que tocamos la canción entera una única vez; Casaña se equivocaba, Miramón intentaba ayudarle, Otein desafinaba y no conseguía poner la sílaba tónica en el inicio del compás, yo no entraba bien núnca, jamás. Intentamos tocarla sin éxito cientos de ellas.
—No, no; no es WHEN I find myself… es when I FIND myself—. Javier intentaba una y otra vez hacer coincidir ambos mundos en la mente de Otein con un pobre resultado, mientras los guitarras hacían del ensayo una clase teórico-práctica de punteo y yo hacía a partes iguales, fotos y payasadas.
Cuando salimos de la sala, estaban Ana y Andrea —no, no, ninguna era mi pareja—, y antes de tomar una cerveza todos juntos —momento en el que Casaña, dirigiéndose a Ana, pronunciaría una de sus celebérrimas frases: «tú serás la primera exmujer del teclista de Spider Crab», nos quedamos diez minutos en el banco comentando la jugada. El sentimiento generalizado era agridulce, aunque positivo, ¡habíamos dado el primer paso! Ya nos dirigíamos al bar con la certeza de que aquella sesión sería la primera de otras cuantas, cuando apareció presurosa Charo, con una gran sonrisa maléfica que no auguraba nada bueno.
—Os habéis dejado… esto —dijo, mostrando un atril negro que sujetaba con los dedos índice y pulgar, como quien porta el paquete resultante de un cambio de pañal de bebé. Una herramienta más propia de un virtuoso violonchelista que de ningún duro componente de una dura banda de rock duro.
—Es del batería —dijeron los cuatro al unísono, dejando de inmediato una distancia prudencial entre ellos y yo —. Creo que aquella respuesta fue lo único que sonó al compás en toda la mañana.
*** Recuerda que este es un relato de ficción y que cualquier parecido
con la realidad será pura coincidencia. ***
4 Comments
A comienzos de los 70’s, mi banda tocaba»California Dreaming»… la experiencia era muy parecida. A finales de los 00’s decidí cantar en los bares de Bogotá y Medellín acompañado de las bandas oficiales del restaurante, donde daba rienda suelta a mi vocación musical, con riesgos controlados, haciendo aflorar el lado B de mi personalidad, que de día, en su versión A, era la de un consultor serio, creíble y responsable.
Vidas paralelas… abrazo fuerte!!!
Me encanta! gran segundo capítulo… urge seguir la historia de Guillermo
Gracias María José… en breve el tercero!!!